Inma Peñaranda desierto

Querrás volver al desierto

En abril de 2000 me perdí en el desierto del Sáhara, y el regalo de esta experiencia fue descubrir que el equilibrio es dinámico; y que el punto medio está en la flexibilidad y la apertura. Sin saberlo, lo estuve buscando desde niña. La vida es sabia, te muestra lo que necesitas en cada momento, sólo hay que estar atento.

Me mostró el equilibrio en su cara más hostil, los continuos cambios extremos del desierto, un frío helador por la mañana, un calor agotador cuando el sol más alto brilla. Unos cambios en cuyo equilibro el desierto me mantenía alerta.

Descubrí con la diversidad de colores y texturas la sensación de que nada permanece… todo fluye en el desierto. Los colores tierra, rojos y naranjas encajándose en los negruzcos pedregales, yermos, heridos de aridez, barridos de repente por un verde oasis que devuelve la sensación de vida. Otra vez ese equilibrio. El agua, en el desierto, es vida. Y todo fluye.

Si uno se deja llevar en ese fluir, y vaga por el desierto descubriendo los relieves que se esconden uno detrás de otro, en una cadena infinita de sorpresas, perdiendo la sensación del Norte y el Sur. Y así, con la mejor brújula, la intuición, miras al cielo buscando el sol, consciente de que gira, con la tierra, a su alrededor. Y encuentras la forma de centrar el rumbo. Dejándome fluir, encontré el rumbo.

Y cae la noche, con un regalo: el brillo de las estrellas, su luz pinta un manto que creí poder tocar. A pesar de ese manto la noche en el desierto es tan fría como silenciosa. Buscas cubrirte con esos “echarpes” de seda y lana. Bebes un té. Es la amabilidad de un pastor bereber. Te regala una rosa del desierto. Y en ese transcurrir compartes alrededor de un fuego junto a otros pastores, cuyos corazones –y el tuyo-, hacen sonar al unísono, tambores.

El amanecer vuelve a cambiar los colores y, frente a ti, la majestuosa gran duna te invita a subir para ver salir el sol ardiente de detrás del horizonte. Y subes a la gran duna. Paso a paso escribes sobre su lomo el secreto que la vida allí te ha brindado: el equilibrio. Avanzas sabiendo que la impronta de las huellas de este camino que andas ahora quedarán impresas para siempre en la arena, aunque la próxima tormenta las cubra.

Y querrás, como he querido yo, para siempre, volver a este silencio del desierto. Querrás volver a vivir su magia, porque créeme, siempre se produce la magia. Querrás volver a añorar el calor de la tarde en el frío de la mañana, aunque el aire te llene la boca de arena.

2 Comentarios
  • Pepona
    Responder

    Ufff! bestial! fue increíble…un gran aprendizaje, un antes y un después…

    5 noviembre, 2015 a 15:59
    • Pepona que afortunadas haber compartido este desierto para siempre queda en nuestra memoria y amistad

      9 noviembre, 2015 a 22:25

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