el árbol y las semillas

Vivimos en un sinvivir

Esta noche me he quedado conmigo misma, tratando de recordar una experiencia de retiro y meditación en la que estuve en Oxford la semana pasada. Uno de esos retiros que te ayudan a reconectar con el silencio, con tu propio silencio. Y desde esa conexión renace el equilibrio, la sincronía con las cosas. Cosas de la vida, desde Oxford viajé directamente a Lisboa a trabajar. A una pequeña aldea a escasos 20km de Lisboa. La Aldeia da Mata Pequena. Probablemente el mejor sitio para integrar el silencio y el equilibrio que tan a flor de piel traía desde Oxford, con la vida “real”.

Uno llega a la Aldeia y tiene la sensación de haber atravesado el túnel del tiempo y haber aparecido 100 años atrás. Es un lugar lleno de encanto en el que la vida va a otro ritmo, mucho más lento, más humano, y mandan otras costumbres. Apenas veinte casas recuperadas tal cual eran cuando sus ocupantes vivían allí, hechas a su medida; más de uno se ha dado un buen golpe con el quicio de alguna puerta. Los protagonistas de la Aldeia son los animales. El pavo real canta por las mañanas –o mejor dicho, cuando le parece…-, hay un cerdo llamado Gedes que sale a saludar y de puro amable refriega su morro lleno de barro con las mangas de tu camisa. Los gatos y las cabras que campan por allí se lo pasan “de lo más”, tratando de entender de qué tribu somos nosotros.  Y cada mañana del pomo de la puerta cuelga una bolsa de tela con pan recién hecho, pan de la provincia de Mafra, con fama merecida de ser el mejor pan de Portugal. Sólo con recordar este lugar tan entrañable siento “saudade”.

Hoy tenía la intención de recordar las sensaciones de mi retiro en Oxford, pero todo me lleva de vuelta a la pequeña Aldeia de Portugal. La memoria es selectiva. Nos llevó allí un teamwork de alto rendimiento para C-suites. Parece casi una frase sacada de Oxford, ¿no os parece? Una oportunidad única para experimentar que el alto rendimiento se rige por el pulso de saber gastar y recuperar la energía en equilibrio, en un lugar en el que el equilibrio y la naturaleza mandan. Un lugar al que yo llegué de Oxford con el silencio en la maleta.

¿Qué es para mí el silencio? Revisando mis cuadernos de notas aparece un jeroglífico de palabras y dibujos. Y entre mis apuntes, ya sean de mi retiro o de la Aldeia, la respuesta es la misma: el silencio es conectar con el ritmo y la claridad de la vida. Es el estado de conexión y equilibrio con nuestra esencia. Es un estado de sincronicidad.

Imaginad una semilla. Una pequeña semilla que contiene la carga de lo que será después el árbol que de ella nacerá. Al germinar creará un canal de comunicación que parte de la esencia en forma de raíces, crecerá un tronco con sus ramas y, en cada rama, florecerán sus frutos. En el caos frenético de la vida moderna hay demasiado ruido, y como monos vamos saltando de rama en rama: el trabajo, la familia, el ocio, los amigos, el deporte… Desde lo alto de las ramas perdemos el contacto con las raíces del árbol, con la semilla que nos dio sentido en el origen.

«La semilla es el principio y el fin, simboliza la multiplicación y la dispersión, la continuación y la innovación, la sobrevivencia, la renovación y el renacimiento».
W. Heydecker

Vivimos en un sinvivir. Es ese saltar de rama en rama es el que descafeína nuestros actos, el que nos hace perder el contacto con nuestra base. Y sólo bajando de nuevo a ella podremos reconectar los frutos con la simiente, y revestir nuestros actos de congruencia, coherencia y consistencia.

El silencio ayuda a conectar con esa base, con las raíces profundas en las que están la verdad y la claridad. Hay que volver a instalarse en las raíces, conectarse con ellas, e insuflar vida para que el ser equivalga al hacer. Todas y cada una de nuestras acciones, de los saltos por las ramas, tienen sentido si no perdemos el contacto con nuestras raíces. Se trata de descontaminar, de salir del mundanal ruido para encontrarnos con aquello que nos ha hecho ser, con nuestras cualidades más auténticas.

Oxford fue la conexión total con mi silencio, y la estancia en la Aldeia ha sido la conexión con lo rural y lo humano. Ahora, con las dos experiencias en las espaldas y mis cuadernos llenos de palabras y dibujos, éste es mi aprendizaje: está bien actuar y saltar de rama en rama, pero nunca olvidar para qué lo hacemos. Y el significado de nuestros actos viene sólo de estar conectados con nuestras raíces.

¿Sois de los que practicáis el silencio? ¿De los que también bajáis de las ramas para instalaros en la levedad de las raíces bajo la tierra, para conectar con el ritmo y la claridad de la vida?

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