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Late la Titan Desert

Anoche se escuchaban muchos propósitos de madrugar, ver amanecer, desayunar los primeros y salir a rodar un par de horas. Pero el cansancio del viaje ha pasado factura. Quién más y quién menos ha dormido con un poco de frío y un poco de sorpresa. A las 6:38 el restaurante de los participantes estaba vacío.

Estamos divididos por pulseras. Roja (staff), verde (prensa), naranja (asistencia), blanca (participantes). Nino aparece casi a las 8 por el restaurante del Xaluca, despistado de verdad, o haciéndoselo. Nino es una eminencia dentro del universo titán, con sus 68 años y tres ediciones a sus espaldas, pero afortunadamente para el personal local no hay clases: la única diferencia la hace el color de una pulsera en la muñeca. Un camarero le hace un gesto y Nino, con los ojos aún cargados por el sueño, se marcha.

Durante todo el día de ayer los vehículos de la organización metían en el campamento los últimos detalles para empezar a funcionar. El arco hinchable de salida, colocado en la puerta del hotel Xaluca, subía y bajaba empujado por uno de los porteros para permitir el paso de los camiones más altos. Los participantes, que llegaban en furgonetas y taxis, miraban hacia arriba buscando el punto que tendrán que atravesar montados en la bicicleta mañana por la mañana. Por megafonía la organización repetía las normas del campamento: pasaportes e inscripción, reparto de jaimas, horarios de briefings de carrea, puntos de encuentro, paso por el reconocimiento médico antes de recoger las bicicletas para montarlas y ponerlas a punto. Poco a poco los corredores ya instalados se repartían entre el bar, la piscina y la recepción del hotel, el único sitio con la tan valorada wifi. En medio del desierto.

Mientras, los tres fotógrafos hacían turnos para cubrir todo el campamento y el equipo de televisión organizaba los cortes que tenían que grabar antes de que la carrera empezase. Listas de participantes, de cadenas que habían encargado unilaterales. En la cocina inmensas cacerolas llenas de hidratos de carbono en distintos formatos se acumulaban una al lado de la otra. Las horas de comer prácticamente se solapan y los pocos ratos en los que el bufet no está echando humo, en el bar hay bandejas con dátiles y aceitunas. Y en cualquier momento, en cualquier sitio, empezaba a sonar un ruido que se va haciendo muy familiar: el sonido de una rueda de bicicleta que gira en vacío.

El paisaje es casi monocromo: el adobe de las casas se confunde con el color de la tierra. Los árboles de la ribera del Dades hieren el pueblo como una gran cicatriz verde. Al otro lado del arco de salida, la vida sigue. A este lado, grupos de gente que ya se conocía, o que se reencuentra aquí año tras año. Palmadas en la espalda, conversaciones que giran de momento alrededor de lo duro del último puerto de la primera etapa, la más sufrida de todas. Pero todos tienen ganas. Se forjan amistades.

Estadísticamente hablando, el 80% de los participantes de esta prueba son ciclistas amateurs. Aficionados al deporte que en algún momento y por motivos muy distintos se han cruzado con la Titan Desert y han reorganizado sus vidas para preparse: comer mejor, entrenar, aparcar tiempo con la familia, ocio de otro tipo. Hay quien dice que todo consiste en la calidad del tiempo, no en la cantidad. Años de vida o vida de años. Todos, indefectiblemente, encuentran paralelismos con su vida profesional: salir a atrapar dunas es como salir al ruedo, dice Óscar Higares. Encontrar un lenguaje que te permita dialogar con el toro, o con el desierto. Afrontar una reunión complicada como una etapa dura: con cabeza, y pedalada a pedalada. Superarse. Ver crecer su confianza día a día. Se produce esa bajada de rasero que nos devuelve un poco a la infancia, a derrumbar fronteras. A ser todos iguales –más o menos depilados, más depilados que menos-. Se produce esa magia que hace que todos seamos el otro. La gente se abre. Se comparte mesa, jaima, jacuzzi, sofá cerca del router. Y lo sorprendente es que nadie se sorprende. De alguna manera, todos nos gustamos.

Aquí todo funciona con un pulso regular, un latido, un ritmo natural que hace que se llegue a la excelencia. Las partes independientes trabajan en paralelo en pro del evento: participantes, staff, prensa, cocina, porteros, mecánicos, médicos… Este ritmo que lo integra todo cubre todas y cada una de las necesidades de la Titan Desert: esto es el alto rendimiento.

Nos hemos encontrado dentro de esta burbuja gracias a Silencio, se rueda. Este proyecto nos ha abierto la puerta de un universo atrapado en el corazón del Sáhara donde la democracia es profunda y trae aparejada esta cercanía de las personas de las que hablábamos. La conexión y el acompasamiento de corredores de distintas edades que viven una prueba de resistencia cada uno desde su experiencia personal es la tinta con la que escribiremos esta historia. Una historia de contrastes en el entorno, en los recursos, en las generaciones. Una historia que casi parece que se esté escribiendo sola porque todos y cada uno de los participantes con los que hemos hablado se ha abierto a nosotras con coraje. Todavía frescos y emocionados, descansados, respondían con fantásticas reflexiones a unas preguntas muy simples nuestras: ¿qué te trae aquí?

Después de sólo un día de convivencia con ellos, con los titanes, hemos visto claramente que gracias a esta fluidez de energías interpersonales favorecidas por la situación, la fuerza que viene del propósito de cada uno se traduce en sonrisas que brillan tras las lágrimas, en grandes verdades que aquí parecen tan obvias, pero no lo son, en el reconocimiento mutuo de los que saben que van a compartir una experiencia. Aquellos que al principio de nuestra “aventura” –visto desde aquí, con el desierto tan cerca y las bicicletas a punto bajo este sol, da un poco de pudor llamar aventura a escribir un libro- no eran más contactos en una lista que nos dio Juan Porcar, son hoy Óscar; colombiano que llegó el miércoles a Madrid y teme empezar a recuperarse del jet lag cuando esté a punto de coger el avión de vuelta; Santi, el “padrecito” que lleva a los debutantes de su equipo por las instalaciones como si hubiera nacido aquí; Jesús, granadino que se ha reencontrado con su amigo de Miami y están dispuestos a llegar los últimos, con la mejor de las sonrisas; Chema, que divide su tiempo entre aterrizar en el campamento y correr a cubrir la rueda de prensa.

Aquí no son nombres y apellidos. Son personas cercanas, son hombres y mujeres. Igual de fascinantes que los nombres que no estaban en esa lista. Una lista que hoy tiene 617 entradas, igual que los 617 participantes que hay inscritos. No es posible retratar a cada uno de ellos, aunque sobra decir que se lo merecen, pero me tranquiliza saber que retratar a unos pocos es igual que retratarlos a todos. Porque todos comparten la fuerza de la determinación del propósito: terminar la carrera dentro de la clasificación. Más arriba o más abajo pero como decía la hija de Javi, otro de los nombres en nuestra lista, su papá es un dromedario: siempre llega.

Late la titán. Cada uno sabe ya cuál es su sitio. Han vestido de dorsales las bicicletas. Ha terminado la rueda de prensa y sólo queda, valga la redundancia, rodar un poco para testar los equipos. Yo estoy testando el mío y quiero contaros que no he venido sola aquí. En estas muchas vidas que he vivido he ido cultivando una mirada de poeta. En este proyecto la poesía estuvo en saber escoger con quién quería compartir la mirada única del desierto. Sabía que quería conectar con una visión sensible y amable y hoy esos ojos tienen nombre, Irene Morán, por la que siento profunda admiración y agradecimiento. Irene no sólo me da soporte profesional, sino que se ha convertido en la otra mitad de esta conexión que está surgiendo dentro este proyecto. Sus ojos no sólo retratan lo que yo estoy viendo aquí, las conexiones con los titanes. Retratan también lo que quiero seguir viendo en mi vida, lo que quiero llevar a la sociedad. Imágenes conectadas con esencias que no se perderán entre las dunas de este desierto.

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