Inma Peñaranda

Érase una vez…en Aldea Mata Pequena

Aldea Mata Pequena, el sabor del Reino de Oz

Hay lugares donde se concentra el espíritu de lo grande. O dicho de otra forma… Según algunas tradiciones indígenas existen ciertos lugares donde nacen o se forjan los grandes espíritus.
Pues bien, para ellas uno de esos lugares ha sido Aldea Mata Pequena.

Aldea Mata Pequena es una diminuta aldea a treinta minutos de Lisboa, reconstruida casa a casa por una joven pareja. El lugar que Inma Peñaranda había escogido para hacer el workshop Storytelling Management para directivos de una de las top 500 Fortune.
Martes, 13 de abril de 2015…

Por la tarde. En el aeropuerto.
Inma venía pisando fuerte, con esa energía y esa presencia que la caracteriza, como un maestro zen con gafas rojas y botas ídem (como los chapines mágicos de Dorita). Irene, sonriente, morena y delgada, una Pocahontas moderna cargada de cables y focos y con su inseparable cámara al hombro, la acompañaba. Ángela sonrió al verlas, observándolas llegar con esa mirada suya buscadora de significados, como la mirada de esa Pilar Miró a la que tanto admiraba. Las tres se abrazaron. Qué majas.

Tomaron unos sandwiches y unas ensaladas. Esa misma mañana, Ángela había terminado el último guión que estaba escribiendo, había cerrado un par de reuniones en territorio Skype y solucionado el espinoso tema de dejar a los niños colocados. Irene e Inma venían de hacer entrevistas para la Titan Desert, rehacer trípticos, actualizar webs, repasar las check lists de los to does y hacer todas las fotocopias.
Sólo de pensarlo, daban ganas de echarse una siesta.
Pero las tres se subieron animosas al avión con los macs, los papeles, los power points y las agendas de las cuarenta y ocho próximas horas, dispuestas a invertir los cuarenta y cinco minutos de vuelo en perfilar los últimos detalles.
Además de eso, se echaron unas risas.
Alto rendimiento.

Cuando bajaron del avión, los jefes de la Emrpesa las esperaban para ir todos juntos a Aldea Mata Pequena.
Mientras admiraban el paisaje, bromeaban con ellos y se relajaban al son de ese acento portugués que es como una suave melodía -así estés hablando con la más seria de las madres superioras- intuían ya que iba a ser un workshop especial. Y efectivamente, iba a serlo…

La vida tiene una gran paradoja. Lo pequeño está en lo grande. Y lo grande en lo pequeño.
Ahí estaban. En una minúscula aldea con sólo doce personas más, como doce miembros de un jurado. Unos pocos animales. Entre ellos, un cerdo blanco y un pavo real… Qué cosas más raras.
Unas casitas pequeñas y preciosas. Cuatro macetas en las ventanas. Pero sentían que habían entrado en un mundo inmenso… lleno de posibilidades que se abrían como se abre la naturaleza a la mirada humana.

¿Os imagináis, un pueblo antiguo tomado por altos ejecutivos?
Pues parecía que llevaran allí toda la vida! Qué curioso.

Así que todos, ellas y ellos, se pusieron a trabajar. A imaginar, escribir, organizar. Experimentaron la extraña y mágica conexión que se produce cuando las personas aprendemos juntas y descubrimos un significado válido para todos y cada uno de nosotros. Sí, descubriendo cosas y descubriéndonos a nosotros mismos. El olor a creatividad, la esencia de lo humano, lo inundaba todo…

Durante dos días y medio.
En un workshop de estas características se usa el storytelling para aprender a mejorar el performing, ser capaces de transmitir lo que se siente eficazmente, comunicarse mejor a nivel interno y externo en la empresa y, por supuesto, ya metidos en harinas de publicidad, contar historias en vez de productos.
Mucha tela.

Por eso trabajaron duro. Pero también dieron espacio a la diversión y al descanso. Algo que muchas veces olvidamos y que es la base del alto rendimiento.

Luego estuvo esa noche en la que juntos bebieron un vino delicioso y cantaron y rieron. Y ese momento en el que Inma, Ángela e Irene se abrazaron y alguien pensó que eran como un león, un hombre de paja y un hombre de hojalata en un reino mágico: puro valor, inteligencia y corazón. Qué majas.

Luego las tres cogieron el avión.
De vuelta.

¿Os ha pasado en alguna ocasión que te encuentras por primera vez con una persona y a las pocas horas sientes como si la conocieras de toda la vida? Pues esa sensación se traían las tres del grupo de managers de Nestlé en Aldea Mata Pequena. Una gente estupenda. Y en lo que a ellas tres concernía, tenían la sensación de haber formado un solo espíritu. Un espíritu muy grande… y muy chiquito al mismo tiempo.

Sí. Durante aquellos días de workshop hubo muchas enseñanzas, muchas sonrisas. Ellos aprendieron de ellas y ellas de ellos. Pero lo maravilloso no es todo lo que se enseña ni lo que se aprende con una experiencia de este tipo. Lo maravilloso es ese sabor que deja en nosotros cuando nos hemos ido.
Un sabor intenso…

Esto de aprender y enseñar me recuerda a una gran frase que dijo una vez un gran maestro que conozco… Ojo, porque no tiene desperdicio:
«Sabio no es el que sabe, es el que saborea».

130 Comentarios
  • Y fuimos felices y comimos… ¡bacalao!

    22 abril, 2015 a 07:52

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